El virus de la computadora

10 de Febrero, 2009 por Susana

Escribo en computadora y me cuesta entender que soy yo el que falla, y no la máquina, cuando se producen desastres en la realización de mi voluntad. Al comienzo clamaba que ese maldito aparato no andaba bien, que había un defecto. Yo sabía que había algo lla­mado “virus de la computadora”, y repetía que el virus tenía la culpa. Terminé por aprender que yo causaba todo y que la máquina nunca fallaba, y que yo era el único virus que tenía la máquina. La computadora me humilla, ella siempre tiene razón. Yo soy el virus de la computadora.

Nosotros, los humanos, somos el virus de un mundo compaginado entre tigres y ciervos, entre mosquitos y patos, entre bichos de luz y plantas carnívoras, un mundo de orden y conexión, que es una poderosa y portentosa telaraña, donde cada vibración tiene su debida repercusión, y ésa es la armonía de las esferas que sabían oír los clásicos, pensando que Dios pulsaba el arpa. Nosotros somos el virus. El virus es la libertad, es el sueño del “yo quiero”.

El virus es la grandilocuencia del puesto del hombre en el cosmos, separado, úni­co, fuera de la realidad, diciendo que es espíritu, que es cultura, que es símbolo. Y claro que lo es, pero no tiene razón de ser esa separación, ya que todo lo que es, finalmente es naturaleza, de ella deviene. No habría acto si no hubiera potencia, decía Aristóteles, y nada es a menos que pueda ser. Hay que dejar de considerar al hombre como algo superior por naturale­za. Nada eres, decía Pico della Mirandola, en el Renacimiento, porque puedes llegar a serlo todo. Para eso tienes la li­bertad y la capacidad de modificar el mundo, tu mundo, día a día.

El hombre es el ser que pregunta, ésa es su dignidad. Cae, y se vuelve una máqui­na repetitiva, si toma en serio sus respuestas, las codifica, las petrifica, y construye con ellas templos, porque entonces traiciona a la realidad que es movimien­to, azar. “No tendrás otros Dios, fuera de mí”, dijo Dios. Los otros dioses siempre son co­sas que te esclavizan. Dios es el innom­brable, y también a El tienes que descu­brirlo diariamente. Por eso Dios te libera, te obliga a ser libre.

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