Qué produce una vida feliz (1)

A veces alguien me pregunta "¿Que haces todo el tiempo hablando de Filosofía? ¿Para qué sirve la Filosofía?" Entonces debo explicar, dentro de la medida de mis posibilidades, cuál es la importancia de la Filosofía, y debo explicarlo a una persona que no es un filósofo. Algunas personas creen que la Filosofía es algo inútil, una materia que se ocupa de cosas que no pueden interesar más que a los filósofos, gente a su vez inútil que no sabe patear una pelota o clavar un clavo. Un amigo filósofo me hizo la siguiente narración humorística:

—Yo me pregunté: "¿Y qué hago en la vida? Todos nacieron para ser útiles, y yo nací para ser inútil." Un profesor me enseñó entonces que la filosofía era la ciencia de lo inútil. Existencia, circunstancia, el ser, los conceptos, la lógica, no sirven para nada en este mundo. Entonces me hice filósofo.

En realidad, si bien es obvio que la Filosofía interesa a los filósofos, de igual manera que la Medicina interesa a los médicos, la Filosofía tiene aspectos que son de interes para el resto de las personas así como la Medicina presenta temas que son de interés general.

El aspecto de la Filosofía que seguramente interesa a la mayoría es la búsqueda que han hecho los filósofos de qué es lo que produce una vida feliz. Esta búsqueda comenzó con los filósofos griegos del siglo V antes de Cristo, siguió con los filósofos romanos, y se ha mantenido hasta nuestros días.

Lucio Anneo Séneca (romano, circa 4 AC - 65 DC) comienza su breve tratado "Acerca de la vida feliz" de la siguiente manera:

Todos quieren vivir felizmente, hermano, pero al considerar qué es lo que produce una vida feliz caminan sin rumbo claro. Pues no es fácil conseguir la vida feliz, ya que uno se distancia tanto más de ella cuanto más empeñadamente avanza, si es que se da el caso de haber equivocado el camino; y la misma velocidad resulta causa de su mayor alejamiento.

La afirmación de que todo ser humano busca primordialmente su felicidad por un impulso natural era un tópico muy usual en la filosofía greco-romana. Lo era también la idea de que convenía orientarse bien en esa búsqueda de la felicidad, a riesgo de equivocar el camino y desviarse con un rumbo cada vez más desdichado. Ya Aristóteles (griego, 384 AC – 322 AC)), al plantearse la cuestión, había señalado que ser feliz era el fin natural de la existencia humana, y también él, como Séneca, recomendaba recurrir a la reflexión filosófica para investigar y orientar tan crucial cuestión.

Porque si la aspiración a la felicidad es un fin natural de nuestra vida que todos o la gran mayoría aceptarían como algo evidente, la cuestión se complica cuando intentamos definir en qué consiste esa felicidad, esa dicha estable, opuesta a los vaivenes de la fortuna, que los griegos llamaban "eudaimonía". No todos, como sabemos por experiencia, apetecemos las mismas cosas, nos apasionamos con los mismos deseos ni ciframos la dicha en idénticos logros.