Qué produce una vida feliz (2)
Muy atinadamente, Aristóteles distinguía diversos tipos de vida feliz, acomodados a distintos tipos de personas. En efecto, unos se complacen en la vida intelectual, otros en la convivencia social y los éxitos de la virtud competitiva, mientras que otros más se contentan con disfrutar de goces y placeres. La vida feliz se perfila distinta según la preferencia por uno u otro de estos tres tipos de vida. Aristóteles —que en esto no difería mucho de su maestro Platón (griego, 428-347 AC)—, destacaba que era distinta la felicidad apetecida por estos tres tipos de personas.
Los senderos de la dicha son múltiples y uno puede divagar, dudar y perderse en el bosque de sus variados anhelos y seductores señuelos. El ser humano se caracteriza por estar poco determinado por la Naturaleza, y es ése uno de los rasgos inolvidables de la condición humana: cada uno debe hacerse a sí mismo eligiendo y avanzando en ese jardín de senderos que se bifurcan. Cada uno debe, en cierta medida, diseñar con lo que tiene a mano su propio camino y construirse, en ese paseo breve de final inseguro, su felicidad. Tiene que hacerlo en la convivencia con los otros, y en un marco forzado y no elegido de la existencia histórica. Es decir, en un contexto predeterminado y con unos factores de riesgo muy variables.
Mediante la reflexión y la experiencia, el diálogo y la observación, mejor o peor educado, y en un margen mayor o menor de libertad, todo ser humano se ve obligado a inventar o dibujar su propio ideal de felicidad, en el espacio de tiempo y en las circunstancias en que se inscribe su vida. Está forzado, pues, a decidir en libertad su personal proyecto vital. Debe, siempre en sus circunstancias azarosas, hacerse el arquitecto de su propia vida, a su propio riesgo, con un margen mayor o menor de originalidad.
Toda vida está anhelante de bienestar, pues, recordando de nuevo lo que escribió Aristóteles, el destino del ser humano no es sólo vivir, sino vivir bien; y el hombre, en su condición de animal cívico y lógico, está programado, por su misma condición natural, para la vida feliz. Falta sólo saber en qué consiste la felicidad y decidir cómo la consigue cada uno.
El arte de vivir se perfila así como la realización personal de un proyecto, que, a partir de un anhelo universal, debe realizarse en cada caso según las particulares preferencias personales y en el marco de una siempre existente y limitada libertad. Para conocer qué modo tenemos de acceder a la felicidad debemos no sólo conocer nuestras posibilidades de acción, sino además conocernos a nosotros mismos, definir nuestra verdadera naturaleza y el objetivo de nuestra actuación.
Para ello encontramos en los grandes pensadores —en la larga tradición espiritual europea— variadas y sugerentes propuestas, planteamientos sobre la felicidad desde diversas perspectivas. Y puesto que, ya sea en forma de un manual de conducta práctica, o bien como una programación teórica más abstracta, cualquier orientación ética supone, de forma evidente o en su trasfondo, una visión del mundo, una filosofía o una doctrina religiosa, en la que se enraíza y sustenta, la programación ofrecida en esa guía para la felicidad depende, en último caso, de una determinada confesión filosófica o religiosa.